Esperar el diagnóstico es malo, pero la certeza puede ser aún peor. Romy Nagora-Müller, de Dresde, vivió este momento en octubre de 2025. Por aquel entonces, recibió la confirmación de su ginecólogo de que le habían diagnosticado una enfermedad que ya se presagiaba: cáncer de cuello de útero. "Fue un shock", dice esta madre y esposa de 44 años, recordando el momento que cambió su vida. Aunque hacía unos años que conocía la existencia de una infección por el virus del papiloma humano, se había sentido segura con las revisiones periódicas.
Pero hasta entonces, tuvo que sufrir una montaña rusa de emociones. Tres años antes, había cuidado a su madre enferma de cáncer y la había perdido a causa de la insidiosa enfermedad a los 59 años. "Una fue una historia de cáncer diferente, pero tienes muy presente lo que significa tener cáncer, los tratamientos que hay y cómo sufres como paciente". No obstante, al principio afrontó el reto con relativa calma. Las mujeres de su entorno también habían tenido que enfrentarse al virus, a fases precancerosas del cáncer, a un raspado o a la extirpación del útero.
Inmediatamente le propuso extirparse el útero porque ya no quería tener hijos después de su hija, que ahora tiene 16 años. "Pero entonces me hicieron ver durante un examen que no debía estar tan relajada al respecto. Rápidamente me bajaron los humos y me asusté mucho", cuenta la mujer, que trabaja como propietaria de un salón de belleza en Dresde. Cuando salió de la consulta, tenía frío y calor. Sólo sintió cierto alivio cuando quedó claro que aún no se había formado metástasis.