Esperar el diagnóstico es malo, pero la certeza puede ser aún peor. Romy Nagora-Müller, de Dresde, vivió este momento en octubre de 2025. Por aquel entonces, recibió la confirmación de su ginecólogo de que le habían diagnosticado una enfermedad que ya se presagiaba: cáncer de cuello de útero. "Fue un shock", dice esta madre y esposa de 44 años, recordando el momento que cambió su vida. Aunque hacía unos años que conocía la existencia de una infección por el virus del papiloma humano, se había sentido segura con las revisiones periódicas.
Inmediatamente le propuso extirparse el útero porque ya no quería tener hijos después de su hija, que ahora tiene 16 años. "Pero entonces me hicieron ver durante un examen que no debía estar tan relajada al respecto. Rápidamente me bajaron los humos y me asusté mucho", cuenta la mujer, que trabaja como propietaria de un salón de belleza en Dresde. Cuando salió de la consulta, tenía frío y calor. Sólo sintió cierto alivio cuando quedó claro que aún no se había formado metástasis.
El apoyo de la familia es curativo
La familiarización con el diagnóstico es otro problema para los enfermos de cáncer. Nagora-Müller pudo contar con el apoyo familiar desde el principio. "Conocí el destino de algunas personas en el hospital que estaban solas y no tenían el apoyo que yo tuve". Por supuesto, también leyó en Internet y compartió toda la información con su marido: "Mi marido es una persona muy positiva y optimista. Siempre intenta sacarme de los bajones cuando estoy triste".
Romy Nagora-Müller se lo contó a su hija poco después. "No he podido evitarlo. Volví de la consulta de displasia y estaba destrozada. Hablé con ella de ello". Su hija nunca dudó desde el principio de que podía hacerlo. Su hija quería saber si era como su abuela, cuya enfermedad había padecido en aquella época. Después, sin embargo, se mostró relajada al respecto. "Hoy lo veo como un cumplido. Tenía fe en mí porque sabía que era fuerte y que de alguna manera me las arreglaría."