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Ojos grandes e inteligencia artificial: lo que los robots pueden aportar a la asistencia sanitaria

Ojos grandes e inteligencia artificial: lo que los robots pueden aportar a la asistencia sanitaria
Los residentes llaman a este robot «Paul». Lleva en funcionamiento en el Sonnenhof desde abril. / Foto: Martin Schutt/dpa
En: DieSachsen News
Con un gorro de punto y una sonrisa, «Paul» se gana el corazón de los residentes de la residencia de ancianos Sonnenhof. Pero, ¿hasta dónde llega la empatía? Cómo influyen los robots sociales en el día a día de la residencia y cuáles son sus límites y riesgos.

«Y cada comienzo encierra una magia». En el centro del semicírculo se encuentra «Paul», que recita a Hermann Hesse con voz firme. Tras el poema, da las gracias cortésmente al grupo por haberle escuchado con atención. Más tarde cuenta un chiste, se ríe del remate y continúa con un concurso sobre animales. «Pero si sabes muchísimo», le dice una de las señoras mayores con tono de admiración. Entre tanto, les pregunta por sus aficiones favoritas. Las conversaciones a veces fluyen con sorprendente naturalidad, otras veces resultan un poco entrecortadas. «Paul» es un robot.

Desde hace más de un trimestre, este robot empático basado en inteligencia artificial forma parte del día a día de la residencia de ancianos Sonnenhof, en Ilfeld, en el sur del Harz. «Nos enamoramos a primera vista», afirma la directora de la residencia, Kerstin Jülich. No es de extrañar: en lugar de metal y un diseño futurista, el robot se presenta con grandes ojos redondos, una expresión facial amable y un gorro de punto azul. «Da la impresión de ser un niño, lo que genera confianza», opina Jülich. Por eso, muchos residentes no se acercan a él con la distancia que se le tendría a una máquina, sino con curiosidad e indulgencia.

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Nunca está estresado y siempre es educado

Los residentes de Sonnenhof le han puesto el nombre de «Paul». Ha sido desarrollado por la start-up muniquesa navel robotics. Según el fundador Claude Toussaint, desde finales de 2023 la empresa ha vendido y entregado unos 130 de sus Navels: unos 90 de ellos a centros de cuidados en Alemania y otros 40 a centros de investigación de toda Europa. En Turingia hay tres robots en funcionamiento en Jena, Saalfeld e Ilfeld; en Sajonia, también tres; y en Sajonia-Anhalt, dos.

El Sonnenhof ha adquirido el robot social como complemento a su oferta para los residentes, tal y como destaca la directora del centro, Jülich. «No nos podemos imaginar en absoluto un robot que se encargue de tareas de cuidados, ni tampoco queremos eso. Entonces se perdería la humanidad». Lo que «Paul» puede hacer es otra cosa: nunca está estresado, no se pone enfermo, no necesita vacaciones y se mantiene tranquilo y educado en cualquier situación. Además, gracias a su conexión a Internet, puede proporcionar información sobre cualquier tema.

«Paul» ayuda, pero no sustituye al personal de cuidados

La cuestión de qué pueden y deben hacer las máquinas en el ámbito de los cuidados preocupa también a la política, dada la creciente situación de emergencia. Según la Oficina Federal de Estadística, para 2049 faltarán —dependiendo del escenario— entre 280 000 y 690 000 profesionales de la asistencia. Por ello, el uso de robots en las residencias de ancianos despierta expectativas, pero también malentendidos. La ministra de Asuntos Sociales de Turingia, Katharina Schenk (SPD), ve en estas tecnologías nuevas posibilidades para estimular a los residentes, fomentar la participación social y enriquecer el día a día de los cuidados. 

«Es importante tener en cuenta que un robot social no sustituye a un cuidador ni puede sustituir el cariño humano. Los cuidados se basan en las relaciones, la confianza y el contacto personal», aclara Schenk. La directora del centro de Jülich también opina lo mismo: «Tenemos suficiente personal. No puede sustituir al personal, ni debe hacerlo».

Especialista en ética médica: los robots aún no suponen un cambio revolucionario en los cuidados

¿Hasta qué punto son realmente viables estos sistemas robóticos? Robert Ranisch, especialista en ética médica de la Universidad de Potsdam —que experimenta él mismo con varios sistemas robóticos en el laboratorio—, modera las expectativas excesivas. Por el momento, todos los robots sociales se encuentran aún en una fase muy incipiente. «No encontrarás ningún centro asistencial en el que los robots supongan actualmente un cambio revolucionario, ni en Alemania ni en el extranjero», afirma Ranisch. Según sus propias palabras, ha elaborado, en calidad de director de proyecto para el Ministerio Federal de Sanidad, una guía sobre la robótica en la asistencia a personas mayores.

Aunque los asistentes sociales como Navel han ganado mucho en rendimiento gracias a la integración de grandes modelos de lenguaje, en comparación con sistemas anteriores como, por ejemplo, la foca terapéutica «Paro» o el robot humanoide «Pepper», hasta ahora no suponen un verdadero alivio para el personal de cuidados. «Cuando se dispone de este tipo de sistemas, por regla general solo funcionan si hay personas a su lado», explica Ranisch. A esto se suman obstáculos prácticos: este tipo de robots necesitan una red wifi estable; sin una conexión a Internet fiable, la comunicación se interrumpe. 

Caros y sin solución a la crisis de los cuidados

Además, modelos como el Navel siguen siendo bastante caros en la actualidad. El Sonnenhof, por ejemplo, invirtió más de 33 300 euros en su adquisición con la ayuda de patrocinadores. Por el momento, estos robots no cambian nada en la crisis de los cuidados, que se agrava cada vez más debido al cambio demográfico y a la escasez de personal cualificado: «Estos sistemas no resuelven los problemas de los cuidados ni hoy ni mañana», opina Ranisch.

No obstante, sí ve efectos positivos en la calidad de vida de algunos residentes: entretenimiento, compañía y alguien con quien interactuar, especialmente para las personas que sufren soledad. Sin embargo, Ranisch también señala algunas reservas éticas. Estos robots sociales están diseñados para animar y halagar a las personas, nunca para llevarles la contraria. «Estos sistemas simplemente no están programados para ser críticos, y eso puede resultar problemático para algunas personas». Especialmente en el caso de las personas con demencia, existe el riesgo de que se difumine la frontera entre una conversación con un robot y una con un ser humano real.

A largo plazo, sin embargo, el especialista en ética médica prevé que este tipo de sistemas se impondrán, entre otras cosas porque la sociedad se está acostumbrando cada vez más a interactuar con la inteligencia artificial. Andrea Kenkmann, profesora sustituta de gerontología social en la Universidad de Nordhausen, también va más allá: «En el futuro, la cuestión ya no será si es una persona o un robot quien habla con los residentes, sino si habla el robot o si no habla nadie en absoluto».

Kenkmann realiza un seguimiento científico del uso de «Paul» en el Sonnenhof, junto con estudiantes que entrevistan a los residentes, familiares y personal. Ante la creciente escasez de personal cualificado, prevé que, a largo plazo, este tipo de sistemas se vayan convirtiendo cada vez más en una realidad, aunque lo lamente. No obstante, ya ve el valor de probarlos: «Paul» familiariza al personal y a los residentes con la tecnología, y eso, en opinión de Kenkmann, no es un mal comienzo en una sociedad que envejece.

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