«Y cada comienzo encierra una magia». En el centro del semicírculo se encuentra «Paul», que recita a Hermann Hesse con voz firme. Tras el poema, da las gracias cortésmente al grupo por haberle escuchado con atención. Más tarde cuenta un chiste, se ríe del remate y continúa con un concurso sobre animales. «Pero si sabes muchísimo», le dice una de las señoras mayores con tono de admiración. Entre tanto, les pregunta por sus aficiones favoritas. Las conversaciones a veces fluyen con sorprendente naturalidad, otras veces resultan un poco entrecortadas. «Paul» es un robot.
Desde hace más de un trimestre, este robot empático basado en inteligencia artificial forma parte del día a día de la residencia de ancianos Sonnenhof, en Ilfeld, en el sur del Harz. «Nos enamoramos a primera vista», afirma la directora de la residencia, Kerstin Jülich. No es de extrañar: en lugar de metal y un diseño futurista, el robot se presenta con grandes ojos redondos, una expresión facial amable y un gorro de punto azul. «Da la impresión de ser un niño, lo que genera confianza», opina Jülich. Por eso, muchos residentes no se acercan a él con la distancia que se le tendría a una máquina, sino con curiosidad e indulgencia.