Era el 6 de abril de 2024, debía de ser alrededor de las 13.30, cuando el timbre de mi puerta sonó con una intensidad inusitada. ¿DHL, Hermes,...? No había pedido nada. Oí la voz desesperada de mi vecina de 96 años por el interfono. Me pedía que le abriera la puerta para poder acceder a su llave de repuesto en el sótano. ¿El motivo de su desesperación? Se había dejado el bolso en una parada de tranvía al volver del cementerio, donde había visitado la tumba de su difunto marido. Lo llevaba todo: el DNI, la tarjeta de débito, las llaves del piso, las gafas e incluso el smartphone. Cuando la ayudé a subir la bolsa de la compra, me contó toda la historia. Su familia estaba ocupada con la mudanza, pero a pesar de su situación, se le ocurrió pedirles ayuda para cancelar su tarjeta bancaria. Me ofrecí a ayudarla, me encargué de la línea directa de bloqueo y me aseguré de que al menos su dinero estuviera a salvo.
Mientras hablábamos de qué más había que hacer -solicitar una nueva tarjeta de débito, cambiar la cerradura, volver a solicitar el DNI, pedir gafas nuevas-, la animé a no perder la esperanza. El mundo está lleno de gente buena, y quizá alguien encontraría la bolsa y la entregaría.